Los fundamentos filosóficos del ejercicio de la función pública
Por Gregorio Montero
La filosofía, como disciplina, ofrece la oportunidad de entender a profundidad la razón de ser de las cosas y de los acontecimientos que se expresan en un contexto social determinado; desde su surgimiento en la Antigua Roma, por allá por el siglo VI a. C., la academia se vale de ella, de la filosofía, aprovechando la racionalidad de las reflexiones y planteamientos que ofrece partiendo de la fundamentación lógica y del análisis crítico, tratando siempre de explicar aquellos principios que desde una óptica moral sirven de soporte a la realidad circundante y al conocimiento, es decir, a la misma existencia humana. Es que, por su significación etimológica, el concepto deriva de los vocablos griegos philos y sophia, que unidos quieren decir amor por la sabiduría.
El mensaje esencial de la filosofía se encuentra, además de su preocupación por el saber, el conocimiento y la explicación del mundo como se conoce, en entender y poner en práctica, alejada de los dogmas y los prejuicios, todas aquellas cuestiones asociadas a la vida, la verdad, la justicia y a la configuración integral de los seres humanos. Para Sócrates (470-399 a. C.) la filosofía permite que los seres humanos, examinando su propia vida, encuentren la verdad y mejoren por sí mismos; en Platón (327-347 a. C.) encontramos que ve la filosofía como la ciencia de la razón, entendiendo que a través de ella se asciende a la sabiduría y a la verdad; para Aristóteles (384-322 a. C.) la filosofía, como ciencia, estudia las causas originales y los principios de la realidad y del ser.
La función pública, que es una expresión de la vida, de la humanidad y de la realidad latente en cualquier sociedad, especialmente por ser una ramificación del Estado y de la Administración Pública, donde los elementos políticos, jurídicos y morales son determinantes, no puede ser ajena, por su propia naturaleza, a las reflexiones y ponderaciones filosóficas. En la función pública se resume, en consecuencia, un conjunto de elementos que van a permitir que el Estado cumpla o no con su finalidad, tales como normas, principios, sistemas, procesos, personas, comportamientos, etc.; todo esto requiere sin duda de una fundamentación filosófica que explique su esencia y su razón, así como la verdad superior que justifica su existencia.
Precisamente, esa fundamentación filosófica está dada por los pilares superiores que sostienen al Estado, donde las cláusulas hacen parte esencial, pues la organización y la operación de las instituciones públicas deben ir de la mano con el diseño y ejecución de políticas públicas inclusivas y con la protección social, con los principios de la democracia moderna, con el reconocimiento y respeto de los derechos fundamentales y sus garantías y con los cánones irrenunciables de la justicia. La función pública, desde el punto de vista filosófico, debe ser cónsona también con el principio del interés general, del bien común, de la igualdad y de la ética e integridad pública, así como con el respeto de la dignidad de las personas.
Es de esta manera que se origina una cuestión que es crucial para que la Administración Pública sea en efecto lo que debe ser, el armazón necesario que permite al Estado materializar su fin, nos referimos a las condicionantes, que son a su vez los fundamentos filosóficos del ejercicio de la función pública. Estos fundamentos convocan a los hombres y a las mujeres que desempeñan cargos estatales, a los servidores públicos, a que entiendan a la perfección, a ello están conminados, su cosmogonía, su mundo y su entorno, es decir, la realidad de la función pública que, de hecho, bastante compleja es, para así poder comprender su razón de ser; muchos de los desatinos que cometen los servidores públicos se deben al desconocimiento o al soslayo de la esencia de su rol.
En sintonía con la mayéutica socrática, las preguntas en cadena deben ser parte de la vida laboral de todo el que ocupa un cargo público, durante todo el ciclo, desde el principio hasta el fin; no pueden faltar preguntas como: ¿Qué nos trajo hasta aquí? ¿Por qué estamos aquí? ¿A quién realmente nos debemos? ¿Cuáles son las consecuencias de nuestros actos? ¿Qué representa el ciudadano? ¿Cómo mejorar cada día?, y así sucesivamente, y sin que valga el cansancio. Por eso, los funcionarios públicos tienen que buscar el auxilio de forma permanente en aquellos postulados filosóficos que fundamentan el ejercicio de sus funciones, y sobre la base de ellos reflexionar, construir conocimientos, llegar a la verdad, encontrarse consigo mismos moralmente y ubicarse en el lugar justo que les corresponde.
Pero, cuáles son esos fundamentos filosóficos que rigen el accionar y el comportamiento de los servidores públicos, en los que hay que abrevar permanentemente para encontrar las respuestas a las preguntas constantes y no fallar más allá de lo razonable, y asegurar que su actuación se corresponda con la realidad y la razón existencial de la función pública. De entrada, se debe tener muy en cuenta que los empleados son el instrumento para la prestación de los servicios públicos que hacen posible el bienestar social, por lo que deben concentrar su actuación en el interés general y en crear las condiciones para que las personas puedan alcanzar su desarrollo pleno y vivan mejor; como se puede ver, los servidores públicos deben asumirse filosóficamente como entes determinantes de la felicidad de la gente.
Para el profesor en gestión pública de origen italiano, Edoardo Ongaro (2020), la práctica administrativa no se sustenta solo en datos, por más certeros que estos resulten ser, plantea con vehemencia que estos a su vez deben estar acompañados de una comprensión profunda de la realidad social y situacional. Es evidente que para esto requiere, dada su total influencia, de una nueva visión política, que implica incluso repensarla, reconociendo y actuando en consonancia con su naturaleza altamente reflexiva; esto lleva a reconocer, además, que la solución de los problemas sociales y la aportación de valor público dependen, necesariamente, de que seamos capaces de entender los vínculos que existen entre la filosofía y la gobernanza estatal.
Desde la filosofía, el funcionario público debe entenderse como un ser íntegro, que investiga y profundiza los principios éticos y morales que moldean la función pública, es capaz de discernir entre el bien y el mal y no titubea respecto de la conducta que debe exhibir al tomar decisiones propias de su cargo; la racionalidad ética no se asume por una simple exigencia normativa, sino desde la profundidad que se encuentra en el pleno entendimiento del deber ser. Dentro de los imperativos éticos que se destacan en este orden se encuentran la objetividad de las decisiones que se toman, obviando todo tipo de discriminación, y la actuación transparente, que permite el escrutinio de las autoridades públicas por parte de la ciudadanía.
Otro llamado es a que el servidor público cuide meticulosamente lo público, todos los bienes del Estado, dentro de ellos, las personas, como el bien más preciado de la sociedad y el fundamento filosófico superior de la actuación administrativa; la ciudadanía, su bienestar, es la más alta justificación de la existencia del Estado, es ella origen y descanso de todo razonamiento. Por eso se impone, además, como fundamento filosófico del ejercicio de la función pública, el cumplimiento de los objetivos estatales, es decir, el desarrollo nacional, y el manejo pulcro de los recursos económicos que pertenecen al pueblo, y de los que nadie, por más grande que sea el poder que ostente, debe obtener beneficio personal o particular.
Entender la función pública desde sus fundamentos filosóficos lleva a entender el ejercicio de los cargos que la conforman y a actuar inspirado en los valores éticos y morales que les son intrínsecos, pues la filosofía aplicada a la Administración Pública no es otra cosa que el pleno conocimiento y aplicación de la ética al servicio público y a la administración de los recursos de la colectividad, como condicionante del bienestar ciudadano.
En las ideas y reflexiones de los tratadistas clásicos, como en las de los modernos, vamos a encontrar como común denominador que la filosofía aporta fundamentos que son esenciales para la buena conducción del Estado y un ejercicio de la función pública apegado a la integridad; la clave está en que los servidores públicos los identifiquen, los comprendan, los internalicen, los profundicen y los apliquen sin excusas en la cotidianidad de su ejercicio.
FUENTE: DEPARTAMENTO DE COMUNICACIONES INAP.

















