Los elementos que en esencia configuran la potestad de gobernar

Los elementos que en esencia configuran la potestad de gobernar

11 de Marzo del 2026

Por Gregorio Montero

El gobierno, visto de manera simple, se puede entender como el conjunto de instituciones y autoridades formales que tienen a su cargo la conducción del poder político de un Estado, debiendo ejercer para ello funciones de administración, dirección y control, apoyándose en el cumplimiento de la Constitución, las normas adjetivas y las políticas públicas, y sobre la base de las cuales se organiza y funciona la sociedad; esto conlleva, obligatoriamente, la ejecución de un conjunto amplio de actividades relacionadas con la prestación de servicios públicos y con la recaudación por vía de impuestos y tasas. En el caso de las democracias republicanas dicha conducción está a cargo, principalmente, del Poder Ejecutivo, para lo que se estructura y organiza.

De esto se desprende una potestad que tiene una importancia central, pues visibiliza de manera permanente el gobierno y determina formas distintas de gestión que lo caracterizan; se trata de la potestad de gobernar, que es el poder legal y legítimo atribuido a personas físicas o instituciones que quedan habilitadas para mandar y dirigir un país y su Estado, por medio de decisiones políticas que trazan las pautas de comportamiento y los mecanismos que garantizan su debido cumplimiento. La potestad de gobernar responde a un ejercicio sumamente complejo, para el que las normas prevén acciones preventivas y disuasorias, a la par de acciones coercitivas, cuyo despliegue puede implicar el uso de la fuerza legítima o la imposición del poder de mando por parte del Estado.

Esta supone también un deber de ejercicio y un deber de gestión; dicha potestad es además impostergable, y la responsabilidad que de ella dimana es indelegable; una vez otorgado el poder de gobernar este se ejerce sin excusas, y debe hacerse de forma correcta, a través de las instituciones que existen, entendiendo el ámbito amplio de dominio y de obligaciones que ha sido conferido.

Para entender bien la potestad de gobernar debemos apoyarnos en su origen, ya que proviene de la palabra latina potestas, que denota autoridad y superioridad, poder y capacidad; también hace referencia a la facultad que se tiene para mandar y al deber de ejercerla; esta hoy día se mide tomando en cuenta su efectividad, que presenta como indicadores la gobernanza y la gobernabilidad democrática.

En la actualidad, la mejor expresión de gobernar no es el don de mando o la imposición de la autoridad, no se trata de solo mandar, va mucho más allá, por lo que demanda una eficaz organización del gobierno, que asuma la coordinación como algo estratégico para la articulación de las políticas y la vinculación de la prestación de los servicios públicos con la concreción de los derechos fundamentales. La potestad de gobernar debe expresarse en una estructuración del Poder Ejecutivo que contribuya a que se minimicen los riesgos y los errores, que en efecto luego resultan extremadamente costosos para la sociedad; los integrantes del gobierno deben entender y aceptar que forman parte de un cuerpo integral, entendiendo además que deben actuar como tal.

Parece que una de las cosas más difícil de comprender por parte de las autoridades públicas mientras gobiernan, así lo demuestran los hechos, es que el fallo de uno se convierte al final en el fallo de todos, debiendo cargar la máxima autoridad, en nuestro caso el presidente de la República, con el mayor costo político y de imagen o reputación pública. Por tal razón, un buen presidente se evalúa por su capacidad para mantener bajo control los temas más importantes del Estado, no por el manejo de los detalles, los que nunca podrá controlar cabalmente, y además no es su rol, para eso están y se hace acompañar de los mandos superiores y medios de la Administración Pública, de quienes debe asegurarse que tienen las condiciones para hacerlo correctamente.

Con base en esta mirada, la potestad de gobernar implica mantener el control efectivo respecto de las políticas públicas y estrategias atinentes al desarrollo sostenible del país, de manera concreta la defensa nacional, la seguridad interior y el orden público, la justicia, las relaciones exteriores, las relaciones con los poderes públicos, especialmente con el Congreso, las relaciones políticas, las relaciones con la sociedad civil, la economía, la seguridad alimentaria, la educación, la salud, el medio ambiente y los recursos naturales, la comunicación gubernamental, entre otras. Y así, todos los grandes temas nacionales que exigen atención directa de la máxima autoridad del Estado, sobre los cuales se requiere del indudable y preciso reconocimiento del poder de gobernar.

Precisamente, cuando el gobierno se organiza sobre la base del entendimiento de estos planteamientos es capaz de contar con las instituciones y los mecanismos que la democracia ofrece, liberando así al presidente de la República de aquellas funciones y tareas que pueden ser perfectamente desarrolladas en otros niveles de la administración. El presidente puede de esta forma dedicarse a dar seguimiento, evaluar y controlar las laborares fundamentales, puede también ver descongestionado su despacho y dejar de ser un presidente que dedica la mayor parte de su tiempo a tomar decisiones menos relevantes y a firmar. Esto le garantiza en consecuencia concentrarse mejor y dedicar mayor tiempo a la labor para la cual es realmente elegido: gobernar.

En este mismo afán un gobernante efectivo debe priorizar y concentrar sus esfuerzos en aquellas cosas que agregan valor y que realmente tienen solución; sí, así como suena, en la tarea de gobernar. Como en la gestión pública hay problemas que, lamentablemente, en un momento determinado, no tienen solución, es una obligación saberlo, y no hay por qué desgastarse en ellos.

El poder de gobernar conmina a delegar en los colaboradores, lo que implica que debe confiar plenamente en ellos, en su capacidad y en su moralidad, es lo que se conoce como la dignidad del cargo y del funcionario, vital para asegurar el cumplimiento de los fines del gobierno; cuando esta confianza se pierde es entonces hora de relevarlos de sus puestos, sin miramientos.

Es cierto que esta forma de gobernar enfrenta múltiples dificultades, pues demanda mecanismos de intercambios de ideas, análisis, debates y decisiones colectivas entre los distintos integrantes del equipo de gobierno; es necesario escuchar y atender las posiciones y verdades de todos los funcionarios, ellos tienen mucho que aportar a la solución de los problemas sociales, incluso cuando no están en su ámbito de competencias, recordemos aquí el principio de unidad de la Administración Pública. Esto pone a prueba la capacidad de liderazgo de los presidentes, ya que se deben generar espacios de articulación, como el Consejo de Gobierno, los gabinetes y otros, que permiten no solo la discusión de los grandes temas nacionales, sino también el seguimiento a las ejecutorias.

En los tiempos actuales, la visión que hemos esbozado y las estrategias y herramientas de gestión de que se dispone para ejercer la potestad de gobernar no resultan suficientes, los gobernantes deben emplearse en transmitir e impregnar valores no solo en quienes le acompañan en el gobierno, sino también en toda la sociedad; ningún esfuerzo debe escatimarse para ello.

Los resultados en la Administración Pública, del tipo que fueren estos: políticos, económicos, de desarrollo, de gestión, etc., están totalmente supeditados a la observación de los cánones de la ética, la integridad y la moralidad públicas, es con esta filosofía de gobierno que se construye y se practica el verdadero poder y se recaba con firmeza la confianza ciudadana.

Es sabido que el poder sin la confianza de la gente y de la nación representa pocas cosas, y cuando se ejerce sin humildad el mismo se hace peligroso. Cuando se ejerce el poder de gobernar necesario es recordar siempre a Martin Luther King Jr. (1929-1968), el reconocido y sacrificado activista estadounidense, luchador incansable en favor los derechos civiles y la justicia, especialmente el momento en que dijo, citamos: “No estoy interesado en el poder por el bien del poder, pero estoy interesado en el poder que es moral, que es correcto, que es bueno.” De esta manera, agregamos, el ejercicio de la potestad de gobernar no nos convierte en tiranos y opresores, en cambio nos permite combinar y equilibrar correctamente el poder con la justicia.

FUENTE: DEPARTAMENTO DE COMUNICACIONES INAP.