La posverdad: cuando la manipulación y la mentira se hacen regla

La posverdad: cuando la manipulación y la mentira se hacen regla

25 de Noviembre del 2025

Por Gregorio Montero

Si vamos al Diccionario de la Real Academia Española, veremos que este define la posverdad como “la distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”; por su parte, el Diccionario de Oxford se refiere a la posverdad como las circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que la emoción y la creencia personal. En cualquier caso, esta figura, contemporánea y sumamente controversial, se ha convertido en un fenómeno que pone de relieve un conjunto de situaciones que generan seria incertidumbre en la población, lo que ha llevado a su estudio científico desde distintas disciplinas y ramas del conocimiento.

La aparición del término fue en el idioma inglés, post-truth (post-verdad), y se ubica en el año 1992, aunque su verdadero auge ocurre a partir del año 1916.

Desde el punto de vista filosófico el concepto está asociado al intento de subordinar la epistemología, es decir, los conocimientos, los hechos científicos y la razón a las emociones, con base en concepciones ideológicas y políticas, y a la dificultad que se afronta al tener que identificar la realidad en un mundo en el que los sentimientos hacen que sucumba la argumentación científica. Dentro de los filósofos modernos que han abordado y ayudado a entender y desarrollar la idea de la posverdad se encuentra la filósofa alemana Hanna Arendt, quien, en 1967, relacionando la verdad y la mentira en la política, hizo uso y popularizó el término “verdad factual”, como categoría política opuesta a la de la “verdad racional”; para Hanna, la primera es parte de la especulación filosófica.

Desde la mirada de las ciencias políticas, la posverdad es analizada como un fenómeno que supedita los hechos objetivos a los prejuicios ideológicos, y se articula con discursos políticos incendiarios y radicalizados que, falseando la realidad, instalan una narrativa y crean un abrumador escenario de opinión pública, con el que logran imprimir miedo en la población y hacerse de una cierta legitimidad circunstancial. El conocimiento experto y el debate público no tienen ningún valor, lo banal impera y la democracia es simple caricatura, igual que las instituciones; la creatividad se centra en la mentira y en el linchamiento moral de los contrarios, despertando en los seguidores y destinatarios del mensaje engañoso un odio visceral que sepulta el raciocinio y la paz social.

En este ámbito, el prolijo autor estadounidense Ralph Keyes aseveró en su obra aparecida en 2004, titulada en inglés “The Post-Truth Era”, que el credo de la posverdad se ha asentado en los humanos, pasando del reino de la verdad y la exactitud al reino de la simple narrativa de la realidad, en el que la información maquillada se presenta como verdad; agrega que la consecuencia inmediata de la posverdad es la post-veracidad, a lo que, según él, le sirve de soporte el descrédito de los discursos públicos y el escaso valor de la verdad en la sociedad que vivimos, lo que la amenaza de muerte. Ante esto, las personas solo se preocupan por la información que secunda y reafirma sus creencias, desechando aquella que las pone en cuestionamiento, aunque cuente con base científica y evidencias.

La sociología presenta interesantes análisis respecto de la posverdad, argumentando que esta, como fenómeno social, es el resultado de la era digital y de la propagación de las tecnologías y las redes sociales, este ha sido su caldo de cultivo, se afirma en los estudios. Con base en esta visión se expresa que las narrativas políticas y sociales son capaces de impactar las emociones de los individuos sin la más mínima evidencia que sustente los planteamientos, solo con la diseminación de mentiras y desinformación; se intenta ganar, y en muchos casos lo logran, legitimidad personal o grupal a expensa de la confianza en las instituciones, simplemente, y no les importa, con falsedades sepultan la institucionalidad y con ello las posibilidades de continuar avanzando como sociedad y como nación.

Bajo este prisma, el sociólogo francés Michel Wieviorka, señala que los cambios sociales de hoy inciden profundamente en la política, lo que incorpora una mayor complejidad al ambiente que se vive en este siglo, pues no solo existen quienes basan sus discursos públicos en mentiras, sino también quienes desean escuchar dichas mentiras. En el mismo tenor, para el comunicador social y profesor argentino Leonardo Murolo, la posverdad “es un imaginario colectivo que refuerza ideas y prejuicios y hace que los fake news ganen fuerza”. En este marco, y como parte de la posverdad, la propaganda política constituye una estafa y las relaciones públicas un instrumento de manipulación mediática de la sociedad que, bajo confusión, engaveta su espíritu crítico.

En el ámbito de la psicología, diversas opiniones caracterizan el tema, sobre la base de los planteamientos del psicólogo social norteamericano León Festiger, quien, con su teoría de la disonancia cognitiva, analizó el revuelo mental del que son víctimas las personas cuando sus convicciones y sus comportamientos entran en contradicción, cosa que los lleva a procurar resolver la incoherencia cambiando sus creencias o sus comportamientos, también lo hacen buscando la forma de justificar dicha incoherencia ladeando o distorsionando la información y los datos que dan cuenta de la causa real de la tensión o contradicción que se produce en su propio ser. Es precisamente aquí donde atacan de forma inescrupulosa, y con relativo éxito, los abanderados y apologistas de la posverdad.

En resumen, la insana teoría de la posverdad se sustenta en elementos que generan profundas controversias: la colocación de las creencias y los sentimientos de las personas por encima de los hechos científicos y verificables, lo que la hace víctima de una insuperable contradicción interna que termina destruyendo, con el paso del tiempo, a los mismos que la utilizan como arma de lucha política o de cualquier tipo; altera y desdibuja la realidad con la finalidad de obtener beneficios particulares, reventando cualquier atisbo de principios y valores éticos y morales, la integridad es indeseable; las herramientas tecnológicas, ahora la inteligencia artificial, son su vector por excelencia, ellas le sirven a su propagación vertiginosa y descarada, anulando la capacidad de pensar de los incautos.

Evidentemente, la posverdad no surge de la nada, no es responsabilidad exclusiva de quienes se aprovechan de ella, es el producto de un laboratorio político-social que, manipulando la información, pone en evidencia los descontentos, los temores y la desconfianza de una ciudadanía hastiada por el incumplimiento de los políticos y el engaño con promesas electorales. Si analizamos bien lo que pasa en el mundo hoy, sin excluir a la América Latina, muchas aventuras e inventos electorales, airosos muchas veces, son el resultado del uso planificado y programado de las herramientas de la posverdad; “anti políticos” haciendo política para alcanzar el poder y luego pretender gobernar al margen de las instituciones y socavando la estatidad y el republicanismo.

La posverdad no es algo que deba enorgullecer a nadie, ni siquiera a quienes la utilizan para lograr sus fines, pues vuelve contra ti cual boomerang indetenible; ella corroe las bases morales de cualquier sociedad; polariza en extremo a los grupos sociales y el debate; es fuente de conflictos interminables; afecta la salud mental y obnubila la razón para discernir entre lo realmente bueno y malo; se presenta a una especie de “mesías” que acabará de manera automática con todo lo malo, incluso con la democracia que, desde su discurso manipulador, es el mal mayor. Esta manera de hacer política e influir en la sociedad lo único que hace con éxito, y es lamentable, es relevar lo peor de las miserias humanas.

Ante esta realidad indiscutible que nos toca, para preservarnos y no ser nuevas víctimas de los arrebatos de la posverdad y sus aguerridos proponentes, lo que queda es profundizar en el pensamiento crítico, colocando la razón y la verdad científica por encima de cualquier intento de compra o alquiler de nuestros sentimientos. ¡Conciencia crítica es la clave!

FUENTE: DEPARTAMENTO DE COMUNICACIONES INAP.