La necesaria renovación del Estado: premisas y alternativas
Por Gregorio Montero
El Estado es el producto de la evolución de la sociedad, él debe ir moldeándose, por obligación, a los cambios y a los nuevos acontecimientos sociales que se van presentando y a la aparición de ciertos fenómenos que desafían a los gobernantes, especialmente en tiempos en que los escenarios son diversos, se transforman de forma brusca y se tornan exageradamente complejos. El Estado, aunque lo quisieran sus autoridades, no puede permanecer estático, sus estructuras deben mutar con acelerada frecuencia, ya lo hemos afirmado antes, pues es la única forma de prepararse y estar en condiciones de ofrecer respuestas pertinentes a la ciudadanía, que ejerce presión con base en unos derechos e intereses que se han venido ampliando y consolidando.
La renovación del Estado responde a planteamientos concretos que son aportados, principalmente, por la filosofía, la ciencia política y la economía, por lo que tiene un sustento científico e ideológico indiscutible, que hace mucho más contradictorio y complejo su diseño y abordaje. Es por eso que los enfoques de cambios en el Estado tienen matices diferentes, en los que influyen la visión ideológica que tenga el grupo gobernante en un país y momento determinados; esta es una premisa fundamental, que va a condicionar el diseño de los programas de cambios institucionales y los procesos y escenarios de reforma y modernización que deben ser llevados a cabo, incluso, la visión determina, y es otra premisa, los alcances y las acciones priorizadas que identifican la estrategia de cambio.
Siempre que se habla de renovación estatal nos colocamos frente a un despliegue integral de trasformaciones que afectan a todos los poderes públicos, órganos constitucionales e instituciones de la Administración Pública, con el propósito de mejorar sus estructuras y funcionamiento, teniendo como base y centro de atención el diseño y ejecución de las políticas públicas y la eficiencia en la prestación de los servicios públicos. Cualquier mejora del Estado en estos días, y la renovación parte del supuesto incontestable de que hay que mejorar, debe enfocarse, aquí una premisa más, en el fortalecimiento del Estado de Derecho, en el reconocimiento del papel central de la ciudadanía y en la oportunidad para el adelanto igualitario de las personas, y así no dejar a nadie atrás.
La renovación del Estado, por medio de los procesos de reforma y de modernización que le acompañan, toca lo jurídico, los derechos de las personas, la organización administrativa, los recursos humanos, los procesos, los procedimientos y trámites, la tecnología y otros, se basa, en definitiva, en una mirada completa. Pero todo esto se ve marcado por una visión, por un enfoque, que es lo que va a determinar, dentro de las diversas alternativas de cambio existentes, cuál de ellas se toma; aquí incide, indiscutiblemente, el factor ideológico, que elige si el rumbo de los cambios será de tipo neoliberal, con el que se procura reducir el rol y la presencia del Estado, o de justicia social, que reivindica un Estado presente, que ejerce su papel de prestador y regulador de los servicios en favor de los ciudadanos, especialmente de los más desprotegidos.
En cualquiera de los escenarios ideológicos que se asuma, la renovación conlleva unas acciones que son comunes, pues tienen que ver con la obligación invariable e inaplazable que tiene el Estado de proteger la vida humana en todas las circunstancias, aquí la elección ideológica no debería hacer diferencia, a pesar de que sabemos que, en sentido general, la elección del enfoque del neoliberalismo no hace voto por las dificultades de los más pobres, pues su visión es individualista, como sí queda claro que lo asume el justicialismo social, por su enfoque colectivista. También, en uno y otro de los casos, antes de diseñar las acciones de renovación, se hace necesario revisar las teorías y conceptos sobre el Estado y definir el modelo y la estructura de este que se procura para generar mayor eficacia e impacto social.
Lo indicado anteriormente nos lleva, con el auxilio de la realidad circundante, los análisis académicos y las experiencias nacionales e internacionales, a determinar el alcance de la renovación, si se trata de una reconstrucción a partir de lo existente, o si se trata de una refundación o construcción, lo que implica revisar los ideales y fundamentos básicos actuales, e incluso, revisar algunos de los elementos del modelo político vigente. Resulta vital que el ideal de renovación y cambio se corresponda con el nuevo paradigma organizacional que se está proyectando en el tiempo, con el ánimo inquebrantable, esto es lo que lo justifica, de hacer más óptimo el Estado; se debe exponer con claridad el nuevo modelo estatal, contrastándolo con el vigente, así como deben ser evidenciados los elementos y fases de la transición.
Es importante tener en cuenta que los procesos de renovación del Estado requieren de bastante perseverancia, ya que el solo hecho de poder instalarlos en la psiquis de la gente, hacer que las personas crean en ellos y en las autoridades que los impulsan, y acompañen, exige de mucho tiempo, constancia y educación, pensemos entonces en cuánto tiempo debe trascurrir para la entrega de resultados concretos.
La renovación estatal, en tanto conjunto de eventos de cambios planificados y controlados, debe contribuir, entre otras cosas, a modificar conductas y a institucionalizar comportamientos que hagan de la gestión gubernamental un laboratorio de nuevas prácticas tendentes a asegurar el bienestar, la prosperidad humana y los principios de la democracia moderna.
Los renovadores del Estado deben comprender con precisión el papel que debe jugar la Inteligencia Artificial, sin prejuicios, pero sin apasionamiento, siendo capaces de entender que ella es lo que en realidad es, ni más ni menos, un instrumento que debe ser puesto al servicio de la eficiencia y la transparencia de la gestión estatal, no al revés.
También, volviendo a las corrientes minimalistas del neoliberalismo, el tamaño del Estado cuenta, esto no es menor, la renovación debe considerar la fortaleza de este, lo que no es posible sin ponderar su tamaño, que no es otro que el que le permita cumplir sus fines de forma exitosa, que significa dotarlo de los organismos y de los recursos humanos, tecnológicos y económicos que sean necesarios para actuar, y hacerlo que rinda cuentas.
Eso sí, un Estado renovado es el que demuestra agilidad y atiende a todas las personas en igualdad de condiciones, a pesar de la escasez de recursos, la planificación cuidadosa manda, es el que se anticipa a los problemas del futuro, educa correctamente, con base en valores, tanto a la sociedad como a sus funcionarios, reconoce la participación ciudadana como un derecho inalienable y es capaz de adaptarse a cada nueva circunstancia, pues se reinventa cada día.
Todo proceso de renovación debe asegurarse de instalar una nueva cultura institucional con la que estén alineados todos los actores, por lo que una estrategia comunicacional coherente y efectiva es determinante; recordemos que una real estrategia de renovación estatal involucra a todos los poderes y organismos.
Una inquietud que aflora tiene que ver con cuán difícil puede ser acometer con éxito hoy día la tarea de renovar el Estado. Las respuestas pueden ser diversas. Si pensamos en las herramientas de trabajo podemos decir que es sumamente viable, pues la ciencia y la tecnología han avanzado significativamente en la creación de instrumentos que facilitan los procesos de reforma y modernización, y todos están al alcance y disposición de las autoridades públicas.
Ahora bien, si la vemos desde el punto de vista de la incertidumbre que hoy nos arropa, podría decirse que es complicado, pues no hay duda en que, por ejemplo, los escenarios de la geopolítica global no son favorables para definir con relativa precisión el modelo de Estado que se necesita y la consecuente estrategia de renovación. En la actualidad todos los paradigmas parecen estar bajo cuestionamiento.
Sin embargo, hay que hacerlo, esa es la verdad, procede entonces hacer los análisis con gran ponderación y objetividad, observando cada aspecto necesario, local e internacional, y plantearse la estrategia de renovación del Estado que más convenga al país, con la seguridad de que, como consecuencia de un despliegue sobre la base de “prueba error”, se podrán hacer los ajustes necesarios en la medida en que se avanza.
Lo que no puede ocurrir, más allá de la incertidumbre, es que Estado alguno sea capaz de cumplir con sus fines y asegurar la confianza de la gente si no se somete a un constante proceso de renovación, adaptación y cambio.
FUENTE: DEPARTAMENTO DE COMUNICACIONES INAP.

















