La ciencia de la administración y el impacto de su aplicación en la gestión pública
Por Gregorio Montero
La ciencia, en tanto categoría universal, hace referencia a sistemas organizados y debidamente estructurados de conocimientos que, en el renglón de que se trate, están dirigidos a comprender el mundo en el que vivimos y los fenómenos que nos rodean. Con mucha razón apuntaba el reconocido intelectual y filósofo argentino-canadiense Mario Bunge (1919-2020) que la ciencia era una actividad racional, sistemática, exacta, verificable, aunque también falible y contrastable.
Al momento de analizar los componentes epistemológicos que le da esencia a la administración, es necesario tener en cuenta que su estudio se ha desarrollado sobre la base de dos miradas distintas, la de la gestión estatal o pública y la de la gestión empresarial o privada; es por esto que se le atribuye una naturaleza dual, lo que hace que se reconozca a su vez la complejidad y utilidad que le caracterizan, según ha quedado demostrado en su proceso de consolidación. La administración científica hace hoy parte de una realidad que, aunque con muchos desafíos en ciertos aspectos, no se cuestiona su rol determinante en el correcto funcionamiento de las organizaciones, pesando significativamente el tránsito de la improvisación al rigor científico.
En lo que respecta a la administración científica empresarial, hay que agradecer el empuje de la Revolución Industrial en los tiempos en que finalizaba el siglo XIX e iniciaba el siglo XX, con la que sobrevino un crecimiento inesperado de las empresas, pero que a la vez puso de manifiesto una peligrosa desorganización que amenazaba con el caos y la ineficiencia en las fábricas. Es con esto que surge la necesidad de analizar los procesos de la actividad productiva de la empresa, incorporando el método científico, permitiendo con esto la construcción, adquisición y explicación de nuevos conocimientos con base en la observación, la experimentación y el análisis lógico de los fenómenos que se producen en torno a la gestión de las organizaciones.
Desde entonces, florecieron los tratados y manuales especializados, aportados por pensadores y tratadistas que se dedicaron en cuerpo y alma a estudiar la cuestión desde los diferentes enfoques, como es el caso del estadounidense Frederick Taylor (1856-1915), considerado el padre de la administración moderna, quien enfocó sus estudios en aspectos tan esenciales de la operatividad del trabajo como el tiempo y el movimiento de los obreros en la ejecución de las tareas a su cargo, la división y especialización de las labores de los trabajadores, la retribución salarial y asignación de incentivos, tomando en cuenta la productividad en el trabajo; bajo estas premisas, entendía, se podía lograr la eficiencia empresarial que tanto se requería.
Antes, el francés Henry Fayol (1841-1921), quien es considerado el padre de la teoría clásica de la administración, asumiendo que la administración científica enlaza la ciencia y la investigación con la actividad empresarial, había propuesto la sistematización de las funciones básicas de una empresa, aportando así las bases para el desarrollo de los modelos que sustentan el diseño y despliegue de los procesos administrativos, lo que se conoce mejor como la gestión por procesos. Es a partir de sus importantes estudios que nos adentramos en el conocimiento del ciclo virtuoso que ofrecen para la gestión dimensiones como planificación, organización, dirección, coordinación y control; estas categorías científicas y técnicas acompañan a las organizaciones en sus éxitos.
Sin embrago, lo más importante para este artículo es destacar como los principios y las teorías de la administración científica han venido aplicándose e impactando a la gestión pública, donde se torna más compleja la comprensión de los elementos técnicos y científicos que mueven las instituciones en dirección a la eficiencia y a la productividad, pues el clientelismo suele hacer entender, equivocadamente, que el pragmatismo y las relaciones primarias definen el funcionamiento del Estado. Por fortuna, poco a poco se fue entendiendo que también las instituciones del gobierno, para ser exitosas, deben aplicar de forma sistemática el método científico a los procesos administrativos, ya que con ello se garantiza la optimización de la gestión gubernamental.
Los aportes realizados por los europeos en el devenir histórico de la consolidación del pensamiento científico en la Administración Pública se hacen ostensibles, desde la escuela del cameralismo en la Alemania del siglo XVIII, que se enfocaba principalmente en la capacitación de los funcionarios, pasando por los análisis del teórico francés Charles-Jean Baptiste Bonnin (1772-1846), pensador de la Revolución Francesa, quien asumió el término administración pública para la disciplina científica y apuntó que esta debía ser una ciencia basada en principios como orden, justicia y utilidad social. En este mismo tenor se destacan los aportes hechos por el político, académico y abogado estadounidense Woodrow Wilson (1826-1954), quien separó la política de la administración e impulsó su estudio desde una óptica neutral y técnica.
Claro está, se ha demostrado que algunas, no todas, de las técnicas probadas en las empresas privadas pueden ser adaptadas al ámbito público, teniendo en cuenta las diferencias esenciales entre un sector y otro, y procurando siempre erradicar la improvisación y garantizar la efectiva provisión de servicios y la gestión transparente de los recursos estatales; pero también existen algunos renglones científicos que han sido desarrollados específicamente para la gestión estatal. De manera concreta, la administración científica aplicada al tren gubernamental aporta racionalidad en los procesos, asignación especializada de competencias y funciones, gestión meritocrática del talento humano y los fundamentos técnicos para la evaluación de resultados.
De la misma manera, y en términos generales, la ciencia de la administración pone a disposición del gobierno herramientas de gestión relacionadas con la planificación estratégica, que le permite, utilizando datos estadísticos confiables, diseñar las políticas públicas que se precisan; con el presupuesto basado en resultados, mediante el cual la asignación de recursos a las instituciones encuentra su explicación en el logro de las metas establecidas; con la transparencia, que le suple de los mecanismos para la rendición de cuentas y la disposición de las informaciones que hablan de la gestión; la administración digital, que la dota de los recursos tecnológicos necesarios para una atención más pronta y eficiente, y menos gravosa para la ciudadanía.
La evidencia científica no puede ser sustituida jamás por las intuiciones personales en el manejo de las instituciones estatales, pues la gestión de las políticas públicas, el bienestar social y el desarrollo sostenible, que es parte de la responsabilidad esencial del Estado, son cuestiones sumamente serias, que definen incluso el curso de una nación. En torno a la gestión pública la obra humana ha construido históricamente un formidable acervo que ha resultado de la racionalidad científica, lo que ha facilitado la construcción de atinados marcos conceptuales, la validación en la práctica de las ideas y los conocimientos generados y la utilización de metodologías de trabajo que pueden ser replicables y aseguran resultados concretos.
En los tiempos modernos, y con base en los postulados de la administración científica, clásica y moderna, diversos autores han identificado y desarrollado métodos científicos específicos, cuya aplicación en el sector público ha mostrado de forma fehaciente importantes resultados en los distintos campos. Es en este orden que el politólogo y profesor estadounidense Ira Sharkansky (1938) postula que los modelos científicos aplicados a la Administración Pública son esenciales para medir la gestión institucional, especialmente cuando se toman en cuenta aspectos e indicadores vinculados a eficiencia, legalidad y legitimidad.
Todos estos aportes científicos históricos nos permiten adentrarnos en un siglo XXI pletórico de teorías, principios, técnicas y métodos que, de ser aplicados correctamente a la solución de los problemas públicos que aquejan a la colectividad y desafían a Administración Pública, no cabe duda, se obtendrían los resultados y éxitos que toda la sociedad demanda y espera.
La ciencia de la administración desplegada en el sector público con el rigor necesario es el antídoto para la improvisación que ha obstaculizado históricamente la capacidad de respuesta de las instituciones.
La amenaza más peligrosa que hoy día se cierne sobre las instituciones estatales es el estancamiento, la obsolescencia. Ellas encuentran en la aplicación del método científico en la administración científica, su tabla de salvación, para acometer, acelerar y sostener el cambio permanente al que deben someterse para cumplir los fines que les han sido asignados.
FUENTE: DEPARTAMENTO DE COMUNICACIONES INAP.

















